Crisis alimentaria en Centroamérica

 
Cuando aún los países centroamericanos no logran recomponer sus instituciones e infraestructura productiva afectadas por las guerras civiles de los años ochenta, la naturaleza parece no dar tregua en la tragedia. Primero fue el huracán Mitch (1998) que dejó 9.214 muertos, 9.197 desaparecidos y 6.000 millones de dólares en pérdidas. Luego dos terremotos (2001) que afectaron en especial El Salvador. Ahora es la sequía en la "zona caliente" (sur de Honduras, norte de Nicaragua, oriente de El Salvador y sur de Guatemala) y las inundaciones en la región de los indios Miskitos de Nicaragua.

Las catástrofes naturales han revelado la precariedad de las instituciones para prevenir y auxiliar a los ciudadanos. La ayuda internacional de emergencia se ha hecho presente, aunque de forma insuficiente y con tropiezos para cumplir su cometido dadas las limitaciones institucionales regionales.

En mayo del presente año (2001) desaparecieron las lluvias afectando las cosechas de maíz y fríjol, base alimenticia de los pueblos de mezoamérica, en especial de campesinos e indígenas. Los que pueden, están consumiendo plátano y mango y hasta las semillas que guardaban para sembrar las futuras cosechas. Desde hace tres años los trabajadores rurales de las zonas cafetaleras soportan la caída de los precios internacionales de la rubiácea, por la sobreoferta de café de Vietnam y la imposibilidad de recomponer el Pacto Internacional del Café. El saco de 46 kilogramos pasó en los últimos siete meses de $84.5 a $51.3 dólares. Los empresarios del sector han respondido bajando salarios y luego liberando trabajadores que vagan desempleados.

La sequía afecta directamente a 775.798 campesinos y la precariedad alimentaria amenaza 1.4 millones de personas, según estimaciones del Programa Mundial de Alimentos. El PMA se prepara para auxiliar de emergencia a 405.000 personas, pero no cuenta con los recursos suficientes. Por el momento ha debido recurrir a suprimir los programas de merienda escolar para atender los casos más dramáticos de escasez.

Los accidentes climáticos son lamentables pero el fondo del problema parece más estructural. En realidad existe abundante literatura que documenta el carácter desastroso del modelo regional de uso de los recursos naturales, en especial de los recursos hídricos. La tala indiscriminada del bosque primario (inclusive como fuente de combustible doméstico ante la carencia de energía eléctrica), los sistemas de uso intensivo del suelo para monocultivos, las técnicas primarias de operación agrícola, la carencia de riego y de insumos adecuados como semillas mejoradas y abonos, etc., están en la base de la crisis de la economía campesina. En otras palabras, la crisis alimentaria es apenas una expresión más de la crisis agrícola y de ingresos del campesinado regional.

De hecho, el presidente de Nicaragua, Arnoldo Alemán, niega que exista crisis porque no ha habido crecimiento de los precios de los alimentos básicos (acusa a la oposición sandinista de exagerar la crisis, pero las denuncias provienen del PMA y la prensa independiente). En cierto sentido el presidente tiene razón. Existen alimentos, sólo que los pobladores campesinos no tienen ingresos para comprarlos.

Amartya Sen, premio Novel de Economía de 1998 cuenta, en su conocido libro "La libertad individual como compromiso social" (2000), que cuando niño fue testigo de la dramática hambruna de Bengala en 1943, en la cual murieron cerca de tres millones de personas. En el círculo social en que él crecía nadie sintió los efectos de la escasez. Esta se limitó a los pobres del campo. "Por muchas razones, las autoridades de la India británica no encontraron un modo de llevar a cabo un plan público de asistencia en gran escala, sino después de casi seis meses del inicio de la hambruna. Es muy difícil olvidar la visión de aquellos millares de personas arrugadas, que mendigaban débilmente, sufrían de modo atroz y morían en silencio. La naturaleza de este gran fracaso social debe considerarse todavía más intolerable a la luz de los sucesivos estudios de esta tragedia que muestran cómo la disponibilidad total de alimentos en Bengala no era particularmente baja durante el período de la hambruna. A aquellos que murieron (más bien) les faltaban los medios para adquirir los alimentos disponibles".

Con seguridad la historia no se va a repetir, casi sesenta años después de la hambruna de Bengala. Para eso sirven entre otras los avances democráticos de los noventa en Centroamérica y la libertad de expresión. Pero mucho tienen aún por hacer tanto la solidaridad internacional como las instituciones nacionales centroamericanas. Sobretodo porque, como lo revela cualquier análisis desapasionado, no se trata de una coyuntura crítica pasajera. En realidad subsisten asociados un problema agrario; de seguridad alimentaria; de uso sostenible de los recursos naturales; y de preparación institucional ante los riesgos de catástrofes naturales.

Consultar:
Bulmer-Thomas, V. y A. D. Kincaid (2000), Centroamérica 2020: hacia un nuevo modelo de desarrollo regional, Instituto de Estudios Iberoamericano, Hamburgo.
www.wfp.org/newsroom/in_depth/central_america.html
www.elnuevoherald.com (2 de agosto de 2001)
www.afsc.org/emap/projects/mich0100.htm