El contenido clamoroso de la Copa

Por: María Alejandra Chaparro

 
A pesar de la polémica desatada por la realización de la Copa América en Colombia, el mundo pudo ver durante el campeonato el otro país, el que es opacado por los velos del fuego y de los grupos insurgentes. El país que quiso mostrar que son más los actos de paz, que los de guerra y en donde la esperanza tiene más terreno que el dolor. Pero contra los pronósticos amarillistas de los medios no solo se realizó exitosamente, sino que los colombianos nos sentimos también con la Copa en casa, que nos quedamos con ella. Eso sí, la sudamos hasta el último minuto.

Un triunfo que definitivamente se enmarcará en la historia deportiva y política del país, pero ante todo, en el espíritu acongojado de los colombianos. Lo que sabemos desde ahora, es que la historia deportiva de Colombia se partirá en dos pues desde 1975, fecha en que perdió frente a Perú, la selección no llegaba a una final de éste campeonato. Lo que no sabremos, es si la historia política de Colombia también se partirá en dos después de probar y comprobar que existen otros caminos para encontrar la paz, y si el presidente Pastrana podrá mantener la misma fuerza, que lo llevó perseguir el campeonato, para actuar frente a quienes tienen la otra 'copa', la que derrama sangre e injusticia.

El mal sabor de la Copa se sintió desde antes de su inicio con el secuestro del Vicepresidente de la Federación Colombiana de Fútbol y miembro del comité organizador de la Copa, Hernán Mejía, por presuntos guerrilleros de las FARC, ocasionando una inesperada suspensión y posterior cancelación del campeonato en Colombia. Como era de esperarse, a Colombia se le trancó la respiración con la noticia y los ánimos de ser los mejores anfitriones del resto del continente se quedaron como novia plantada en el altar. "Nos quitaron la Copa", se repetía en el país.

Luego de la liberación de Hernán Mejía, la carrera por la Copa no solo lo llevó a Buenos Aires a recuperarla, sino al mismo Andrés Pastrana, quien viajó a Paraguay para hacer gestiones de alto nivel que le permitieran reconquistar lo perdido. Aún así, eran pocas las esperanzas y pocos los alicientes que la CFS (Confederación de fútbol Suramericano) dio a los colombianos. Eugenio Figueredo, su Vicepresidente, por esos días dijo a la prensa que "la liberación de Mejía difícilmente cambia una decisión ya tomada de retirar la sede a Colombia".

A pesar de la cancelación del certamen, los hinchas, el pueblo colombiano y los pequeños y medianos empresarios que además de dinero invirtieron el sueño de mejorar su economía no se resignaron, ni se conformaron con la negativa de la Federación, consignada en una carta firmada por Nicolás Leoz, presidente de la CFS, y los nueve presidentes de las Asociaciones futbolísticas:

"Los hechos de violencia de los últimos días en Colombia que culminaron con el secuestro del señor Hernán Mejía, obligan a las Asociaciones Nacionales a pedir la suspensión de la realización de la Copa América en Colombia, posponiendo el derecho que le asiste a este país de organizar este torneo una vez se superen las actuales condiciones".

El periodista argentino Adrian Puente, presentador de Fox Sports, declaró al diario colombiano El Espectador: "Honestamente no creo que le den de nuevo la sede a Colombia, porque las condiciones de seguridad para las delegaciones y los visitantes no están dadas.

A partir de ahí, la Copa desbordó los límites deportivos propios del campeonato futbolístico más antiguo del continente y sacó a relucir los intereses que, a simple vista, pasan desapercibidos para los fanáticos del entretenimiento. Por eso, antes de ser llamada la 'Copa de la discordia', fue bautizada por el presidente Pastrana como la "Copa de la Paz", "cambiaremos las bombas por goles" dijo entonces a los medios de comunicación. Una gambeta oportuna del presidente, que tuvo acogida en la opinión pública confirmando de paso el tinte político impreso al evento.

Finalmente, el poder del dinero y de los medios hicieron su mejor jugada y lograron lo que ni las gestiones del gobierno, ni los directivos del fútbol colombiano pudieron: devolverle la Copa a Colombia. Una cadena de demandas entre los patrocinadores, Traffic (que maneja en exclusiva los derechos de televisión, radio y publicidad estática en los estadios de la Confederación) y la CSF, alertó sobre los inconvenientes con los patrocinadores. El dueño de Traffic, José Hawilla, declaró al periódico Folha de Sao Pablo que "los cambios en la Copa América supondrá quedarse sin contratos de patrocinio y publicidad que ya estaban firmados".

Los equipos que tenían la camiseta puesta para ir a jugar lo pensaron dos veces, pues la lectura pública de Colombia, escrita en gran medida por los medios, no pintaba un panorama seductor, pacífico y menos acogedor. La paranoia viajó de la mano de los medios por todo el continente, y el miedo llevó incluso a los jugadores de la selección peruana a exigir un seguro de vida para asegurar su participación.

La prensa fue la más fiel seguidora de ésta historia que parecía tomar el tono de una dramática novela con amores y odios, con protagonistas, antagonistas y héroes, todos con historias paralelas, que en un momento dado cobraron mayor protagonismo que el mismo tema futbolístico. "Es evidente que a nadie le importa qué equipos y en qué condiciones van a salir a la cancha. Si hay figuras o no. Si son selecciones de segunda o de tercera", escribió el periodista Miguel Angel Vicente en el periódico argentino, Clarín.

El gobierno colombiano se la jugó toda con el dispositivo de seguridad para el evento y la desaparición furtiva del miedo hizo que todos los equipos volvieran a armar maletas, excepto Argentina y Canadá que ya no participarían en la Copa, argumentando la falta de garantías en la seguridad para los equipos. En su reemplazo fueron Honduras y Costa Rica. Y Aunque para los colombianos fue un ilustre gesto de descortesía, Argentina no brilló por su ausencia.

El evento arrancó a pesar de los comentarios desobligantes y la mirada sigilosa de la prensa que estuvo pendiente, además de los encuentros futbolísticos, de si aparecería nuevamente un motivo para sacarle a Colombia la 'tarjeta roja'. Y mientras el diario argentino Olé registraba: "A la cancha con custodia policial", refiriéndose al operativo de seguridad en el inicio del certamen, el diario hispano de Miami el Nuevo Herald en su primera página consignaba "En quasi estado de sitio la Copa América".

La nota escrita por el periodista Luis Rojas, de la agencia de noticias Reuters, y publicada por el diario desató indignación no sólo en la comunidad colombiana, sino en los medios colombianos con voz en el Sur de la Florida. Durante una entrevista en la emisora Radio Uno 1360, Rojas afirmó que el titular escrito originalmente por él había sido otro, "no corresponde a la realidad" manifestó. Mientras que para el director del diario Carlos Castañeda: "interpreté que eso estaba pasando en Colombia por eso se puso ese título". Según el director, el país está en guerra y esa percepción fue plasmada en el titular. Pero más allá de la polémica entre el periodista y el director del diario, los mismos colombianos pudimos constatar el manejo tan particular que algunos medios le dieron al certamen.

Pero después de la desconfianza y el temor que casi se llevan la Copa, todo resulto siendo un éxito. Los colombianos se comportaron a la altura y no hubo tragedias que lamentar. La cadena Univisión calificó la organización como "impecable" y el periodista Ricardo Brown de Radio Única, en Miami, opinó después del campeonato: "como me satisface admitir que estaba equivocado sobre la realización de la Copa en Colombia"

De todas formas ésta Copa América hubo muchos acontecimientos que más allá de engrosar la memoria, develan los imaginarios que han estereotipado cruelmente al país. Imaginarios formados por los medios de comunicación que en su afán de vender confunden la responsabilidad de informar con la libertad de expresión. Por eso, éste triunfo, aunque público, es íntimo porque solo los que hemos vivido en Colombia podemos entender que esos 19 días han sido los más felices que el país ha tendido en mucho tiempo.

Pero más allá del orgullo patrio que puede generar un deporte como el fútbol, está el clamor de un pueblo que tuvo la oportunidad de gritar con cada gol de nuestro equipo, el clamor por la paz. Colombia nunca imaginó la alegría que traería consigo la Copa, tampoco imaginó que el triunfo obtenido por la selección de Francisco Maturana pusiera a cuarenta millones de personas a explotar y llorar de alegría. Pero la vida continúa y luego de la euforia que solo produce el calor del triunfo, la realidad nos retoma y los ánimos se enfrían al recordar que los problemas del país no nos los bebimos en la Copa. Son grandes los interrogantes que surgen y muchos los sentimientos encontrados que un evento deportivo como la Copa América se ha atrevido a desnudar.